Christian no desapareció. Christian se fue para Nueva York a estudiar cine, aunque él era ingeniero eléctrico. También tenía una banda de música, era baterista. Christian era muchas cosas, yo no supe nunca qué era lo que finalmente era. O bueno, sí supe, al final Chrístian era una completa mierda. El rey de los grandes hijos de puta, eso era. Christian me decía que me quería, me lo decía por teléfono desde lejos, con delay. Para poder responderle a tiempo, yo tenía que adivinar qué era lo que iba a decir, yo tenía que saber qué era Christian antes de que me sorprendiera no siendo. Era muy complicado, yo creía que era la larga distancia, así que un día le dije que yo me quería ir para allá y él dijo «Fantástico, ¿cuándo?» y yo le dije «Dentro de un mes». Y compré el billete, renuncié al trabajo y me fui y él, como un príncipe, me esperó en JFK y me llevó a su piso y antes que desempacara me dijo que todo esto era muy súbito y que él estaba muy confundido. «Milagros, conocí a alguien», me dijo, y en ese momento alguien preguntó, desde la habitación, si Christian ya había llegado.
Yo salí corriendo, jefe. Ahora que no estamos hablando se lo puedo decir. No se imagina. Yo salí corriendo y busqué en mi agenda el teléfono de una tía que vive allá desde hace treinta años en un pisito de nada en Brooklyn. A ella la acababa de dejar el marido. El marido la había dejado por un yate, así como lo oye, un yate. Se jubiló, compró un yate y se fue a navegar. Un paro cardiaco lo recibió en un puerto en Asia. Mi tía me recibió y me calmó y me hizo darme cuenta de que el odio que sentía por Christian no era nada comparado con aquel que sentía conmigo mismo. Yo no me quedé allá estancada por falta de dinero para el billete, mi tía me dijo que cuando yo quisiera podía regresar. Yo me quedé allá porque cuando me fui yo creí que sería para siempre. No había nada acá para mí.
Fuimos a México juntas, jefe. Mi tía me dijo que yo tenía que ver las pirámides, así que fuimos. Me hizo mucho bien ese viaje. Un mes en México, fue delicioso. En la oficina tenía una foto con ella junto a la pirámide del sol, ¿se acuerda de esa foto? Una vez usted me preguntó quién era esa mujer y yo le dije que era mi madre. Bueno, era mi tía, que es como mi madre. Yo a veces pienso que es realmente mi madre y que mi madre es mi tía y que toda mi vida es una puta telenovela reality escrita por un sádico hijo de puta no mucho peor que usted, jefe. ¿O tal vez es usted?
Suspiro.
«¿Cuántos años tenía Nacho, jefe?»
«No sé. Creo que era mayor que yo, pero ahora no estoy seguro.»
«Yo creo que tenía unos cuarenta. ¿Cuándo cumplía años?»
«¡Tampoco sé! Creo que en febrero, marzo, pero una vez celebramos algo en octubre. Nacho decía que él nacía y se moría todos los días.»
«Yo creo que Nacho era signo de agua. Yo creo que él era piscis. ¿Usted qué es, jefe? ¿Cancer?»
«No sé. ¿Sida?»
«...»
«Sí, yo soy cancer.»
«Ambos de agua. Dificil.»
«¿Por qué? ¿Nos ahogamos mutuamente?»
«Sí, algo así. Yo soy de tierra. A nosotros nos cuesta mucho relacionarnos con los de aire. Con los de agua vamos bien, calamos. Ellos nos alimentan y nosotros los protegemos. Somos el uno para el otro. ¿Si nota, jefe? ¡Otra señal! ¡Qué dice! ¿Le da otra oportunidad a las mujeres y lo intenta conmigo? Yo estoy dispuesta a darle otra oportunidad a los hombres. Yo siempre estoy dispuesta.»
Y, claro, nunca fuimos a Nueva York. Nunca fuimos juntos a ninguna parte. Esa conversación se perdió entre tanto dry martini. Nada nunca salió de ahí. Layers of lies holding the fragile truth together. And so on...
no pasa nada...