En realidad, el ajedrez es una mala metáfora si consideramos que este, por encima de todo, será un juego solitario, uno de espejos. Lo que pasa es que es inevitable mencionar al ajedrez al hablar de estas cosas. Digamos que es un primer paso.
Yo aprendí a jugar ajedrez siendo muy niña. Mi padre me enseñó. Nunca fuí buena.
Lo primero que me enseñó, tras aprender los movimientos de las piezas, fue el mate pastor. ¿Lo conoces? Es una trampa inocente. Yo caí la primera vez y padecí la humillación de ser derrotada por mi padre en cinco jugadas. Mi complejo de Electra se fue con esa derrota.
¿Sabías que bastan menos de veinte jugadas en cualquier partida de ajedrez para saber quién gana y quién pierde?
Una vez, ya en la escuela, yo también tuve la oportunidad de hacer un mate pastor, ¿pero sabes qué? No lo hice. Ella me miraba esperando mi siguiente jugada, completamente ignorante de que estaba a punto de ser asesinada, y yo preferí tomar el camino dificil e intentar vencerla en franca lid. Desafortunadamente, no pude. Era mejor que yo, pero no conocía el mate pastor. Puta.
yo, querida, aprendí el mate pastor también de niño. Lo aprendí como víctima en la primera final de un campeonato de ajedrez que perdí.
Mi abuelo - que me enseñó a jugar al ajedrez - nunca me lo explicó.
Ojalá hubiera sido él quien me hubiera dado el jaque mate pastor. Pero no. Fue otro niño. Fui segundo.
Eso me diferencia profundamente de ti: a mí me humilló un extraño. Y, a partir de entonces, siempre que tuve ocasión, maté con el pastor.
¿Y qué ganaste?
medallas...